Frío

El groenlandés de piel de ónice contemplaba el rescoldo de su hoguera samurrar la poca madera que le quedaba. Estaba desazonado, y no era por el entumecimiento del frío o la disposición de su carric y sus guantes de adsorber las partículas de aire helado a su alrededor; sino simplemente por un desmoronamiento interno que le emblanquecía el alma y le pautaba la existencia.

El suaasat no le pasaba por la garganta, hacía tiempo que lo agitaba con sus manos como para calentarlo un poco con el movimiento. El undoso berrido de su espíritu no le daba significado alguno de su actual estado. Rebosado de soledad no había un norte al que seguir, no había un sueño que labrar, no había una mano que estrechar para conservar el calor en la piel y en el corazón.

Concionador

El viejo concionador sufría calladamente los síntomas de su siderosis mientras cavilaba sobre la infinita hermosura de Venus bajo un arce otoñal bastante coposo.

Recordaba sus épocas de misionero, en las que ondeaba la bandera de su deidad, mientras lo rodeaban los dromedales con su pelaje espeso y su olor a excremento ¡Vaya lugar para educar a los villanos sobre la diosa de la belleza! Y peor aún cuando tuvo que acceder a la fumosa mina de hierro, con las paredes grietadas y los párvulos ennegrecidos por el polvo del metal y el color de la esclavitud.

Se sentía rotamente herniado por su pesado veliz donde guardaba sus paliativos herbóreos. Se sentó cara al tronco del arce, miró al cielo y vio un grupo de memnómidas. Su cuerpo perdió las fuerzas y su frente chocó contra la corteza del árbol. Se sintió uno mismo con la madera antes de que la vida se le escapara del sistema.

Exposición

Estábamos sentados. Tú en tu sillón y yo en el mio, pero ambos compartíamos algo: uno era el reflejo del otro. Con las manos en los costados, aferrando los dedos en la tela, con el trasero al borde y la mirada clavada en los ojos de enfrente que se irritaban de no parpadear.

Ya ni puedo recordar cuánto tiempo hemos estado así. No puedo recordar las circunstancias que nos llevaron a no querer darnos las espaldas. No recuerdo el nombre de la droga que nos ha llevado a tal paranoia.

Y de pronto una puerta se abre, y la sala se empieza a llenar de personas. Llevan bandejas con bebidas burbujeantes, trajes elegantes y servilletas de tela colgando de sus brazos.

Otro tipo de gente entra en escena, gente que toma de las bebidas burbujeantes y las servilletas de tela, pero llevan trajes no tan elegantes pero sin duda mucho más caros.

Un haz de luz hace inflexión en una de esas pequeñas burbujas y de pronto, de reojo, veo un arcoiris que atraviesa toda la superficie de la esfera diminuta. Y de pronto recuerdo, mano a mano contigo, entrando en una habitación prohibida, que llena de burbujas hechas de ácidos alucinógenos nos ha condenado a la imaginación de un artista y hemos de sufrir sus caprichos hasta el final de su vida.

Degustabox 5

salafrancablog

Vamos con una cajita sorpresa esta vez la última con muchos productos conocidos estupendos y otros nada conocidos que ese es el objetivo de estas cajas. Descubrir todo lo nuevo que saldrá próximamente al mercado. Vamos a por el ombligo de la semana, vamos a llenarlo de colores y de sonrisas !!! FELIZ DÍA PARA TODOS 🙂  y recuerda si te gusta comparte porque nos ayudas a crecer !!! nos quedan menos de 25 personas para llegar a los 2000 suscriptores siiiii 😉

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Estoque

Ahí estaba el extraño caballero con el estoque medio oxidado ceñido a su cincho, y con su cota de malla que dejaba ver una tremenda barriga helmíntica inflamada, tratando de no aparentar que tenía una de las peores manos en toda la historia del póquer. Cabe mencionar que lo hacía mal, pues era difícil para él no andar rasguñando indiscretamente las rebabas de la mesa de madera.

Los jugadores picaban lo que sabía a jamón ceretano, mientras ignoraban a los espectadores del juego con su injerencia en un asunto que ni les iba ni les venía como si la gran apuesta que se traían entre manos fuera algo comerciable para ellos.

El caballero se fijó en el pabilo que destellaba como un electrodo, y después en el florero que ostentaba un rompesacos. Se acomodó el vendaje de la última batalla. Todo esto sin darse cuenta que obviaba su pobre situación.

Si pierdo, pensó, me mando a internar; mientras escuchaba al jugador a su derecha pagar la apuesta. Sintió un volvo cuando el de enfrente hizo lo mismo. Y la cara se le detergió cuando el hombre a su izquierda con la camisa de calicud, con una mirada confiada y una voz estruendosa y expectante colocó el dinero exacto para que el caballero mostrase las cartas.

No, dijo, y desenvainó su estoque.

Margutch

Margutch tenía como uno de sus entretenimientos personales el alimentar el sueño de encontrar un fósil en su jardín. Es por esto que antes de salir se encargaba de lavar platos, cubiertos y sartenes; colocaba alguna de las suites de J. S. Bach, y revisaba sus planes así como las áreas de su jardín en las que ya había excavado sin tener éxito.

También gustaba de salir a la autopista, fingiendo que tenía una cita urgente e inventándose todo el estrés y la amargura de llegar tarde a esta. Se comportaba como un salvaje, observando con desdén los anuncios, sin poder superar la irrealidad de sus circunstancias.

Margutch tenía otro pasatiempo: acechar las colmenas en busca de los puntos de los hexágonos enhebrados en los que estuviera la miel más dulce y, de paso, aprovechaba el remedio contra la artritis que dejaban los cadáveres de las abejas clavados a su piel.

El sumidero

Por una insondable razón, durante su lenta navegación por las aguas al fondo del sumidero, comenzó a pensar en el aparato de Golgi y en por qué no había sido nombrado “el aparato de Ramón y Cajal”, pues este último había sido en realidad quien lo había descubierto.

Su mente estaba en todos lados menos en la navegación por las aguas al fondo del sumidero, pero especialmente le gustaba posarse en la vegetación circundante que albergaba el canto de alguna de las subfamilias de los emberízidos, que le daban al paisaje una belleza casi irreal. Y es que el canto de esas aves es la lengua madre de todas las lenguas; y de pronto se imaginaba que el primer ser humano en hablar había sido inspirado por el gorgojeo de un pájaro.

Se acordó de su mejor amigo quien, al defender la corona imperial, había sido herido por una bomba de racimo y, por sus bajas defensas debido a sus lesiones, sus pulmones se habían convertido en dominio de una de las bacterias actinomycetales. Tubercolosis, le llamaban.

Por aquel tubo rocoso en el que navegaba el eco sonaba a un blues que ejecutara la tierra, un sonido multilateral que desenmascaraba su soledad, así como los otoños en Vermont lo hacían con su tristeza.